lunes, 11 de julio de 2011

En defensa de los buitres.


   Decía en un artículo anterior que en la naturaleza todo se recicla, que nada es basura o desecho, que todo gira en la interminable rueda de la vida, y así en la cúspide de la cadena trófica o pirámide ecológica están los necrófagos, aquellos animales superiores que se alimentan de los cadáveres de otros animales. La naturaleza diseña bien y además diseña bello, por eso ha dotado a sus sepultureros de una inigualable belleza y elegancia como compensándoles por su ingrato pero necesario trabajo. Aves tan bellas como los buitres negros y leonados, como el níveo alimoche, como el esplendoroso quebrantahuesos... y tampoco les van a la zaga en hermosura carroñeros ocasionales como el lobo, el oso, el zorro, los córvidos, los milanos.
   Los buitres que alegran nuestros cielos con sus majestuosos vuelos han dependido siempre del ganado, desde el neolítico se ha establecido una relación de cooperación mutua entre el pastoreo y los carroñeros: unos se libraban de un modo barato e higiénico de los cadáveres no aprovechables evitando la proliferación de enfermedades y la contaminación de aguas, y los otros tenían acceso a una despensa constante que permitía el mantenimiento de grandes colonias. Podríamos afirmar que los pastores a sabiendas o no se ocupaban de dos tipos de rebaños simultáneamente: los que andan y  los que vuelan que aún siendo más libres no dejan de acudir puntualmente a su particular pesebre. Este eslabón fundamental de la cadena ecológica está en serio peligro de extinción en todo el mundo, la península alberga ni más ni menos que el 90% de los buitres europeos y el 63% de los quebrantahuesos, todo un tesoro genético y ambiental que no cotiza en los famosos mercados y que nuestros gobernantes ignoran y atacan con medidas como la prohibición de dejar los cadáveres en el campo impuesta a raíz de la crisis de la vacas locas (aquellos pobres bovinos a los que se obligó a ingerir harinas de carne de ovejas enfermas, e incluso se las llevó al canibalismo, violando las estrictas fronteras naturales entre herbívoros y carnívoros). La población de buitres que ya  venía retrocediendo desde hace décadas en paralelo a la progresiva desaparición de la ganadería extensiva y  el abandono de los pueblos, se encuentra a partir de 2002 con un déficit drástico de alimentación que ha dificultado aún más su conservación, que ha incrementado la mortalidad de sus crías, y que incluso ha provocado impresionantes modificaciones en su comportamiento o etología como la documentada migración de buitres peninsulares que han llegado a Holanda y Alemania, y los ataques a ganado vivo. Cierto es que estos “ataques” de buitres han dado lugar a mucho sensacionalismo, mucha alarma que ha servido para reactivar el muy criminal uso de venenos, y la verdad es que la mayor parte de estos “ataques” han sido a crías nacidas muertas, a las placentas y en algún caso a la madre agonizante, pero en cualquier caso demuestran el estrés por hambre al que  estamos sometiendo a los necrófagos por imposición, ¡otra vez!, de la UE. Estos burócratas además no dan puntada sin hilo y con la prohibición impusieron un sistema obligatorio de recogida e incineración de reses muertas a costa de los ganaderos (que en el caso de ovino y caprino pagan más por el servicio de lo que vale el animal) y a costa de los contribuyentes, un negocio que mueve varios millones de euros anuales. Con el problema añadido de que si los buitres eliminaban los cadáveres sin emisiones de CO2, ahora los tenemos que transportar e incinerar con gran dispendio energético y contaminante que pagarán las generaciones venideras. La situación es tan grave que se autorizó la instalación de muladares en los que depositar cadáveres previo caro análisis veterinario,  pero esta medida se ha demostrado insuficiente y desajusta los ecosistemas al saturar de comida unas zonas en detrimento de otras. En 2009 el Centro Superior de Investigaciones Científicas nada sospechoso de radicalismo ecologista emitió un informe en el que sentenciaba que “dejar los cadáveres in situ es el método más ecológico, barato y eficiente para garantizar la conservación de los carroñeros”. Bien es verdad que  los pastores siempre han sabido esto, pero hay que congratularse de que  nuestros excelsos científicos hayan llegado a la misma conclusión... varios milenios después!. Claro que nuestros políticos europeos han tardado aún un poco más en entrar en razón y sólo el año pasado, después de 8 años de hambruna, han autorizado que se vuelvan a dejar los cadáveres en el campo.
   Pero el problema no ha acabado porque ahora hay que trasponer la normativa comunitaria a la estatal, y a su vez esta hay que trasponerla a las autonómicas, y nuestros representantes están tan ocupados en recortar derechos sociales y ayudar a los pobres banqueros que no tienen tiempo para ocuparse de estas “tonterías” de buitres y ganaderos, así a día de hoy todavía es ilegal dejar cadáveres en el campo. Como la administración no cumple los deberes y tareas por las que les pagamos y bien, es legítimo y razonable que los ganaderos se “autotranspongan” ya la normativa europea y dejen las reses muertas en el campo, a ser posible en espacios abiertos y de poco arbolado para facilitar la localización y al acceso de nuestros bellos aliados alados, así ahorrarán dinero propio y colectivo, ahorrarán emisiones de CO2 y contribuirán a la conservación de ese tesoro común que es la biodiversidad. Y que ladren!.
   Decía al principio que la naturaleza diseña bien y bello, es perfecta... o casi, porque ha cometido un error de diseño y fealdad: nuestros dirigentes económicos y políticos. ¡Y nos va a tocar a la ciudadanía enmendar este error!. 

   Fernando Llorente Arrebola.

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