La creciente complejidad de nuestras sociedades, la crítica situación global (una concatenación de crisis en todos los órdenes de la vida colectiva) y la derrota sin paliativos de todos los discursos tradicionales de la izquierda frente al neoliberalismo y el desarrollismo son algunos de los retos teórico-prácticos para los movimientos sociales críticos contemporáneos a la hora de profundizar y extender sus quehaceres políticos. En este sentido una de las cuestiones más complicadas es la de las posibilidades de construir un modelo de organización política innovador y transformador. A continuación sugerimos unas pinceladas de por donde deberíamos empezar a investigar.
ECHANDO LA MIRADA ATRÁS
Si miramos hacia el pasado de la luchas socio-políticas europeas algo parece claro: las viejas políticas ya no sirven y tampoco sirven los viejos modelos de organización. La conciencia de que entre los medios y los fines hay una relación dialéctica de mútua interdependencia nos lleva a afirmar que toda la herencia jacobino-leninista de “centralismo democrático” ha de ser superada y trascendida. Y eso pese a que las máquinas políticas actuales (pp,psoe, iu, upyd, etc) siguen ancladas, aún sin ser ni por asomo leninistas, en esta cultura organizativa jerarquizada, burocrática, y poco o nada democrática, en la tradición del partido-vanguardia/partido de masas. Estos modelos organizativos que han evolucionado en formas de partido-estado, partido-mercado, partido-empresa son precisamente la contrautopía que cercena cualquier posibilidad de liberación, y sólo nos sirven como “memoria negativa” de los usos y costumbres que se deben evitar: el culto a la personalidad, la obediencia al aparato y los dirigentes, la cultura del sacrificio, el centralismo, la separación entre dirigentes y bases, etc.
Cierto es que mirando hacia el pasado también podemos encontrar inspiración y memoria positiva en los experimentos organizativos populares no-autoritarios. En el estado español conviene revisitar la tradición del movimiento libertario que se articuló en organizaciones más flexibles, federalistas y democráticas, es decir medios organizativos más afines con los fines revolucionarios del anarquismo. Documentos muy interesantes en este sentido son los estatutos que se dio CNT en 1910 y su estructura confederal y las actas de su congreso de Zaragoza en 1936. En el entorno europeo el consejismo, el populismo campesino ruso, los experimentos de socialismo autogestionario, etc, plantean también máquinas organizativas que disienten de la corriente mayoritaria de la izquierda leninista-jacobina. Fuera de Europa el movimiento de descolonización e independencia de los países del Sur supone una eclosión de culturas políticas novedosas y una fértil experimentación organizativa: las luchas por la independencia de India, Argelia..., la revolución cubana, la
experiencia de Allende en Chile, la revolución sandinista, las luchas por los derechos civiles y el movimiento negro en USA, los intentos de socialismo agrario en Africa... procesos todos que enriquecen los discursos alternativos sobre los modelos de autoorganización social y política y de los que podemos extraer herramientas aún útiles hoy día para la tarea de construir una nueva organización.
ECHANDO LA MIRADA AL LADO
Un debate consistente y creativo sobre las posibilidades de una organización política innovadora y transformadora en el estado español debería estudiar y aprovechar la experiencia acumulada por los que están al lado. Por supuesto los vecinos: el modelo de cooperativa política que trabaja Europe Ecologie en Francia, la estructura federal de Die Grunen en Alemania, etc. Pero sobretodo echar la mirada al lado es escrutar con detenimiento y complicidad las iniciativas de autoorganización que lo social ya ha creado y habita (y en las que much@s ya estamos inmers@s), todo ese tejido crítico que se reune en torno a las luchas ecologistas, feministas y antimilitaristas, el movimiento altermundialista, el sindicalismo asambleario y radical, las luchas por la libertad y gratuidad del espacio virtual, los movimientos de okupación urbano y rural, los Foros Sociales, las redes del comercio justo, las iniciativas agroecológicas... Debemos estudiar lo social para detectar ahí que buenos y nuevos principios tendría que adoptar una organización tan compleja y diversa como lo social, pero con la potencia de acelerar, profundizar y multiplicar las transformaciones culturales,
económicas y políticas que tanto urgen desde una perspectiva eco-social. Cuestiones como el asamblearismo y la democracia directa, inclusiva, participativa, prospectiva, deliberativa, democracia económica y ambiental (¡tantas adjetivaciones son posibles y necesarias en esta búsqueda colectiva!), la autonomía política, la autogestión y el autoempleo, la soberanía alimentaria, el desarrollo endógeno y el empoderamiento local... conceptos creados por la inteligencia colectiva, frutos de la cooperación social y de los deseos de liberación que abren ya muchos de los hilos de la red que estamos tejiendo, dotándola de contenidos ideológicos, de
recursos culturales y cognoscitivos, de creatividad, de experiencia acumulada...
¿Pero no habría que servirse también de la ciencia de la ecología para preguntarnos, desde otro ángulo, sobre los modos y formas de un modelo de organización adaptado a su ecosistema social? Creemos que esta línea de estudio en torno a la ecología de las organizaciones es pertinente aún para organizaciones no estrictamente ecologistas,pero es desde luego indispensable a la hora de plasmar el modelo organizativo de la ecología política.
BIO-ORGANIZACIÓN. Del partido de masas a la coalición de multitudes: cooperativa política.
Una organización ecovirtuosa debería ser biodiversa, es decir: poco identitaria, ideológicamente plural y a veces hasta contradictoria, con lo que le será imperativo dotarse de recursos éticoculturales para la gestión convivencial del desacuerdo y del conflicto, así como de la creatividad multicriterial para la formación de consensos y equilibrios dinámicos. El propio organismo biopolítico deviene así una escuela de democracia directa que acumula saber y virtuosidad a compartir y problematizar en la coevolución con su entorno: los movimientos sociales emancipadores, la ciudadanía consciente y autodeterminada, las luchas territoriales y locales. El despliegue territorial de la red biopolítica está atravesado por diversos límites políticos y administrativos a los que ha de adaptarse porque también son su “entorno”, será inevitable que la red ecopolítica tenga nodos municipales, autonómicos, estatales y europeos, pero en paralelo ha de acoplarse a la realidad territorial de las biorregiones. No sólo por coherencia y eficiencia ecológica y social, sino porque cualquier salida a la crisis global pasa por resituar a las biorregiones en el centro de la soberanía alimentaria y de la autonomía material y energética de las sociedades. Así una bioorganización sustentable y vituosa en lo territorial estimulará sinergias y agregará cooperación entre territorios vecinos que hoy están separados administrativamente. Un eje de cooperación biorregional se trazará sin duda en torno a las cuencas de los ríos, una red biorregional coherente sólo puede desplegarse a nivel ibérico (pues es su nicho ecológico), con lo que la frontera política que divide las grandes cuencas del Duero, el Tajo y el Guadiana ha de ser abolida. La red verde debe ser ibérica (al tiempo que en coherencia, en lo ideológico-programático se aspira a cocontruir una república no-estatal ibérica, con varios idiomas, con múltiples capitales... en la que convivan las diferentes identidades nacionales y de todo orden peninsulares). Pero aunque la dimensión territorial de la red política es fundamental hay otras dimensiones y otros espacios en los que se despliega la cooperación y la agregación ciudadana y activista: el espacio virtual, el espacio sindical, los espacios transversales de la afinidad y la diversidad de subjetividades... que deben poder coordinarse también en una red que por ello ha de ser multidimensional, y esto exige flexibilidad, permeabilidad y que la frontera que separa a los coordinados políticamente y lo social sea muy tenue, sinuosa, sometida a cortes y lineas de fuga, abierta a cooperaciones puntuales y alianzas diversas. Si además la soberanía e independencia de los grupos de base, locales o de afinidad es la condición básica y el cimiento sobre el que construir esta red es fácil preveer que una estructura así problematizará sin duda la toma de decisiones. La red tendrá que analizar los flujos de información y poder, experimentar como en cualquier modelo de economía ecológica con formas de asignación y reparto del poder y la información (en definitiva recursos) más eficientes por igualitarias. Tendrá que desarrollar mecanismos que garanticen la democracia interna combinando democracia directa con momentos inevitables de delegación y confianza, controlando la dinámica de creación y circulación de liderazgos y personalismos, promoviendo interna y externamente una cultura de la responsabilidad y la ética ciudadana, de la virtud cívica, de la honestidad pública y privada.
A nivel material una máquina biopolítica ha de ser de baja entropia: austeridad material, maximizando la eficiencia de gastos y trabajo. En este sentido la cooperativa verde ha de ser ejemplar y ejemplarizante: sin deudas, sin derroches, sin gastos escandolosos en publicidad, sin sacrificados militantes que trabajan en exceso, con un intenso flujo de información y pasión creativa pero con un bajo flujo de materiales y energía fósil.
Como cualquier ecosistema que aspire a la estabilidad y la perdurabilidad, una red así encontrará su fuerza en la flexibilidad, en la capacidad de experimentar, errar y aprender, en la capacidad de coevolucionar, de mutar, de bifurcarse, de saltar sobre sus límites, de trascender las polarizaciones.
Este nuevo tipo de organización no apela a un sujeto revolucionario como en la vieja tradición marxista, sino a la multiplicidad de sujetos, a la pluralidad irreductible de singularidades que conforma la ciudadanía global que ora contra la guerra de Irak, ora para apoyar a Haiti o Palestina, o ahora para derrocar a las tiranías árabes está saliendo a las calles con cada vez más potencia y conciencia. Esa multitud es reacia a la unificación política y los pactos con el poder, es tumultuosa y se resiste a la obediencia. Inclinada a la democracia radical y a la desobediencia civil es reacia también a la delegación y a la representación. Las multitudes tienen conciencia de la interdependencia planetaria y a su vez son producto de esa conciencia global, pero sin embargo se empoderan en lo local-territorial y desde allí toman fuerza para su disidencia al tiempo que construyen cooperación social. La multitud cruza fronteras, es híbrida, mestiza, habla en todos los idiomas y se deleita en los minoritarios, está alumbrando un espacio público no estatal en el que junto a las nuevas tecnologías y conocimientos danzan los saberes comunitarios ancestrales de culturas otrora lejanas. Las multitudes parecen optar no por la conquista del Estado, sino por el exilio del Estado, del Mercado y la construcción de una res-pública no estatal, no mercantil. La red política que aspire a articularse con la multitud de sujetos de cambio debe construirse a imagen y semejanza de esa multitud y eso es radicalmente opuesto a las formas de partido y de representación política del pasado. Una red democrática, flexible, transformadora, capaz de incorporar en su organismo los continuos avances de la inteligencia colectiva requiere una traslocación radical de todos los conceptos, costumbres y manías de la cultura organizativa que hemos heredado fundamentalmente de la izquierda. Los tiempos de una bioorganización así no son los tiempos de la política institucional, ni tampoco los tiempos de la vieja política extraparlamentaria de acciónreacción, las dinámicas asamblearias son casi siempre más lentas y reflexivas, aunque a veces en momentos de crisis el funcionamiento orgánico en red posibilita rapidez, espontaneidad y cierto grado de caos y azar inherente a cualquier organismo autopoiético. Los afectos que se produzcan en estas nuevas máquinas políticas también han de mutar saltando sobre las polarizaciones amigo/enemigo, dentro/fuera, trazando líneas de fuga del odio, del miedo, del universo disciplinario, de las dinámicas amo/esclavo, gobernante/gobernado... por contra se priorizará la producción de confianza mútua, de respeto, de solidaridad, la alegría y el amor, recursos
indispensables para la salud de la cultura interna de la organización que constantemente han de ser
reproducidos y expandidos en el entorno o ecosistema social. El propio lenguaje político debe incorporar conceptos-saberes de otras ciencias y culturas: sinergia, simbiosis, principio de indeterminación, entropía, homeostasis, principio de precaución, caos/orden, teoría de las catástrofes...
Se trata, nada más y nada menos, de la construcción de un “partido” que no aspira a tomar el Estado, sino a vaciarlo y convertirse en sociedad, en esfera pública no-estatal, un “partido” que es un experimento en sí de la sociedad a la que aspiramos-que necesitamos, una organización política que no puede modelarse a imagen del Estado sino a imagen de la compleja sociedad que es su ecosistema, su nicho ecológico. Por eso quizá sería más correcto no llamarlo partido, sino cooperativa política, coalición ciudadana, red ecopolítica... ¡habrá que inventar colectivamente un concepto nuevo! La tarea parece inmensa pero creemos que hay que tener confianza, la creatividad colectiva es inmensa sobretodo en situaciones críticas, el ansia colectiva de liberación y cambio está creciendo, los procesos de concienciación social son muy rápidos, casi súbitos. Jesús Ibáñez siempre ilustraba esto último con aquello de que “los apóstoles fueron 12 y los bolcheviques sólo unos pocos más”.
Fernando Llorente. Iniciativa Ciudadana de la Vera-Ecolo
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